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martes, 26 de abril de 2011

TEXTOS PARA NADA

XII

Es una noche de invierno, allá donde fui, seré, rememorado, imaginado, qué más da, creyendo en mí, creyendo que soy yo, no, no vale la pena, desde el momento en que hay otros, dónde, en el mundo de los otros, de los largos trayectos mortales, bajo el cielo, con una voz, no, no vale la pena, y algo por qué moverse, de vez en cuando, ya no, desde el momento en que los otros pasan, los verdaderos, pero sobre la tierra, seguramente sobre la tierra, el tiempo de una nueva muerte, de un nuevo despertar, esperando que aquí cambie, que algo cambie, que haga nacer más profundamente, morir más profundamente, o resucitar, al fondo de afuera de ese murmullo de memoria y sueño. Una noche de invierno, sin luna ni estrellas, pero clara, ve su cuerpo, el frente, una parte del frente, ¿qué ilumina, esta imposible noche, este imposible cuerpo?, en él está mi recuerdo, de la verdadera noche, es mi sueño, de la noche sin mañana, y mañana, ¿cómo se las arreglará mañana, para soportar mañana, el alba, el día?, se las arreglará como ayer, como se las arregló ayer, para soportar ayer. Es cierto, no soy yo, aún no, ya no, es un veterano, de los días y las noches, pero él olvida, piensa en mí, demasiado en mí, y el alba está todavía lejos, quizá tenga tiempo de no despuntar. Es lo que dice, con su voz que lo abandona, quizás esta noche, y dice, Qué claridad, ¿cómo me las arreglaré mañana, cómo me las arreglé ayer?, bah, es el fin, mañana está lejos, quién me habla así, y quién me niega así, como si le hubiera quitado el sitio, como si hubiera usurpado su vida, vieja vergüenza que me ha impedido vivir, haberme al vivir impedido vivir, y así siempre, refunfuñando, los viejos despropósitos, el mentón sobre el pecho, los brazos bamboleantes, las piernas sin fuerza, en la noche. ¿Me deslizarán en él, memoria y sueño de mí, en él todavía vivo?, ¿acaso no estoy ya en él, desde siempre, esparcido como un remordimiento?, ¿estaría, mi noche y mi contumacia, en el secreto de este moribundo, y sería su muerte mi última demora, por haber vivido?, y, quién divaga así, bah, hay voces por todas partes, orejas por todas partes, uno que habla diciendo, mientras habla, Quién habla, y de qué, y uno que escucha, mudo, sin comprender, lejos de todos, y cuerpos en todas partes, doblados, detenidos, donde debo tener tantas oportunidades, tan pocas, como en este cualquiera. Y nadie esperará, ni él ni los demás, nadie ha esperado nunca, para morir, que yo viva en él, para poder morir con él, pero aprisa aprisa todos mueren, diciéndose, Muramos aprisa, sin él, como en la vida, ahora que estamos a tiempo, antes de no haber vivido. Y este otro, naturalmente, qué decir de este otro, que divaga así, a fuerza de que yo provea y de él desprovisto, este otro sin nombre ni persona cuyo ser abandonado frecuentamos, nada. He aquí un bonito trío, y decir que todos sólo hacen uno, y que este uno sólo hace nada, y qué nada, no vale nada. Entonces, ¿estoy obligado a decir, es el momento, esto es la tierra, estas obras apenas vivas que me estaban destinadas y que recuperadas lo estarían a otro, gracias, y a reír, con esa larga risa muda de inexistente avisado, de escuchar atribuirme palabras tan gruesas?, qué sentido del humor, confiesa que ya no estás a la altura, que acabarás por montar en bicicleta. Ese es el coro de contables, opinan, como un solo hombre, otro más, y no es todo, todos los pueblos no bastarían, al término de billones se necesitaría un dios, de los testigos testigo sin testigo, suerte que ha fracasado, que nada ha empezado, nunca hubo nada más que nunca y nada, es una verdadera suerte, nada nunca, más que palabras muertas.


1950
"Relatos" - Samuel Beckett

martes, 19 de abril de 2011

EN EL CILINDRO

Visto desde el suelo en todo su contorno y toda su altura presenta una superficie ininterrumpida. Y sin embargo su mitad superior está acribillada de nichos. Esta paradoja se explica por la naturaleza de la iluminación cuya omnipresencia escamotea los huecos. Sin hablar de su debilidad. Buscar un nicho desde abajo con los ojos nunca se ha visto. Es raro que los ojos se eleven. Cuando lo hacen es hacia el techo. Suelo y muro están vírgenes de toda señal que pudiera servir de punto de referencia. Escalas levantadas siempre en los mismos lugares los pies no dejan huellas. Las cabezadas y los puñetazos contra el muro tampoco. Habría huellas que la iluminación impediría ver. El escalador que lleva su escala para levantarla en otro sitio lo hace a ojo de buen cubero. Es raro que se equivoque más de unos centímetros. Contando con la disposición de los nichos el error máximo es de un metro aproximadamente. Bajo el efecto de la pasión su agilidad es tal que incluso la desviación no le impide alcanzar un nicho cualquiera sino el previamente elegido ni a partir de él aunque con más dificultad recuperar la escala de un vencido o de una vencida o mejor aún de la vencida. Está sentada contra el muro con las piernas levantadas. Tiene la cabeza entre las rodillas y los brazos alrededor de las piernas. La mano izquierda sobre la tibia derecha y la derecha sobre el antebrazo izquierdo. Los cabellos rojizos empañados por la iluminación llegan hasta el suelo. Le ocultan el rostro y toda la parte delantera del cuerpo hasta la entrepierna. El pie izquierdo está cruzado sobre el derecho. Ella es el norte. Más ella que los demás vencidos por su mayor firmeza. A quien excepcionalmente quiere tomar la estrella ella puede servirle. Tal nicho para el escalador poco inclinado a las acrobacias evitables puede encontrarse a tantos pasos o metros al este o al oeste de la vencida sin que naturalmente él la llame así o de otro modo incluso mentalmente. Ni que decir tiene que únicamente los vencidos ocultan su rostro. No todos lo hacen. De pie o sentados con la cabeza alta algunos se contentan con no abrir los ojos. Evidentemente está prohibido rehusar el rostro o cualquier otra parte del cuerpo al buscador que lo solicite y que puede sin temor a resistencias separar las manos de las carnes que ocultan y levantar los párpados para examinar el ojo. Hay buscadores que se dirigen a los escaladores sin intención de escalar y con el único objetivo de inspeccionar de cerca a tal o tal otro vencido o sedentario. Así es cómo los cabellos de la vencida han sido muchas veces levantados y separados y la cabeza levantada y el rostro puesto al desnudo y toda la parte delantera del cuerpo hasta la entrepierna. Una vez terminada la inspección es costumbre volver a dejar cuidadosamente todo como estaba tanto como sea posible. Una cierta moral compromete a no hacer a otro lo que viniendo de él os entristecería. Este precepto se sigue bastante en el cilindro en la medida en que la búsqueda no sufre por ello. Esta no sería más que una burla sin la posibilidad en caso de duda de controlar ciertos detalles. La intervención directa para ponerlos en evidencia no se hace apenas más que sobre las personas de los vencidos y sedentarios. Cara o espalda a la pared éstos en efecto no presentan normalmente más que un solo aspecto y en consecuencia se exponen a ser girados. Pero allí donde hay movimiento como en la arena y la posibilidad de ladear el objeto casi no son necesarias esas manipulaciones. Ocurre claro está que un cuerpo se vea obligado a inmovilizar a otro y colocarlo de una cierta manera para examinar de cerca una región particular o para buscar una cicatriz por ejemplo o una peca. A destacar finalmente la inmunidad bajo este aspecto de los que hacen cola para la escala. Obligados por la penuria de espacio a pegarse unos contra otros durante largos períodos no ofrecen a la mirada sino parcelas de carne confundidas. Mal haya el temerario llevado de su pasión que ose levantar la mano al menor de ellos. Como un solo cuerpo la cola se lanza sobre él. Esta escena sobrepasa en violencia todo lo que en ese género puede ofrecer el cilindro.


1967



"Relatos" - Samuel Beckett

lunes, 18 de abril de 2011

TEXTOS PARA NADA

 
I


Bruscamente, no, por fuerza, por fuerza, no pude más, no pude continuar. Alguien dijo, No puede permanecer ahí. No podía permanecer allí y no podía continuar. Describiré el lugar, carece de importancia. La cima, muy llana, de una montaña, no, de una colina, pero tan salvaje, tan salvaje, basta. Fango, brezo hasta las rodillas, imperceptibles senderos de ovejas, erosiones profundas. En el hueco de una de ellas yacía yo, al abrigo del viento. Hermoso panorama, sin la niebla que lo velaba todo, valles, lagos, planicie, mar. ¿Cómo continuar? No era necesario empezar, sí, era necesario. Alguien dijo, quizás el mismo, ¿Por qué ha venido? Hubiera podido quedarme en mi rincón, al calor, seco, a cubierto, no podía. Mi rincón, lo describiré, no, no puedo. Simplemente, nada puedo ya, como suele decirse. Digo al cuerpo, ¡Vamos, arriba!, y siento el esfuerzo que realiza, para obedecer, como un viejo penco caído en la calle, que ya no hace, que aún hace, antes de renunciar. Digo a la cabeza. Déjalo tranquilo, quédate tranquila, ella cesa de respirar, después jadea cada vez más. Me siento lejos de esas historias, no debería ocuparme de ellas, no necesito nada, ni ir más lejos, ni quedarme en donde estoy, todo me resulta verdaderamente indiferente. Debería apartarme, del cuerpo, de la cabeza, dejar que se arreglen, dejar que se acaben, no puedo, sería necesario que sea yo quien se acabe. Ah, sí, diríase que somos más de uno, sordos todos, ni siquiera, unidos de por vida. Otro dijo, o el mismo, o el primero, todos tienen la misma voz, todos los mismos pensamientos, Debiera haberse quedado en su casa. Mi casa. Querían que regresara a mi casa. Mi morada. Sin niebla, con buenos ojos, con un catalejo, la vería desde aquí. No se trata de simple fatiga, no estoy simplemente fatigado, a pesar de la ascensión. Tampoco se trata de que quiera permanecer aquí. Había oído, debí haber oído hablar del panorama, el mar allá lejos, en el fondo, de plomo repujado, la planicie llamada de oro tan frecuentemente cantada, los repetidos valles, los lagos glaciares, los humos de la capital, no se hablaba de otra cosa. Por cierto, ¿quiénes son esa gente? ¿Me han seguido, precedido, acompañado? Estoy en la excavación que los siglos han cavado, siglos de mal tiempo, tendido cara al suelo negruzco donde se estanca, lentamente bebida, un agua azafranada. Están arriba, alrededor, como en el cementerio. No puedo levantar la vista hacia ellos, lástima. No veré sus rostros. Las piernas quizás, hundidas en el brezo. ¿Me ven ellos, qué pueden ver de mí? Quizá ya no haya nadie, quizá se hayan ido, asqueados. Escucho y son los mismos pensamientos lo que oigo, quiero decir los mismos de siempre, curioso. Decir que en el valle brilla el sol, en un cielo desmelenado. ¿Desde cuándo estoy aquí? Qué pregunta, me la he planteado con frecuencia. Y con frecuencia he sabido responder, Una hora, un mes, un año, cien años, según qué entendía por aquí, por mí, por estar, y en esto nunca he ido a buscar nada extraordinario, en esto nunca he cambiado gran cosa, sólo habla el aquí que parecía cambiar. O decía, No debe hacer mucho tiempo, no lo habría soportado. Oigo los chorlitos, significa que cae la tarde, que cae la noche, pues los chorlitos son así, gritan al llegar la noche, tras permanecer mudos durante toda la tarde. Así, así es entre criaturas salvajes y de tan corta vida, en relación a la mía. Y esta otra pregunta, que me es también muy conocida, Por qué he venido, que no tiene respuesta, de modo que respondía, Para variar, o, No soy yo, o, Es el azar, o incluso, Para ver, o en fin, los años fogosos, Es el destino, siento que la pregunta llega, llega, no me hallará desprevenido. Todo es ruido, negra turba saturada que aún debe beber, marejada de helechos gigantes, brezo con remolinos de calma donde se ahoga el viento, mi vida y sus viejos estribillos, Para ver, para variar, no, está visto, todo visto, hasta llenarse los ojos de legañas, ni a la intemperie, el mal está hecho, el mal fue hecho, un día que salí, a remolque de mis pies hechos para ir, para dar pasos, que había dejado ir, que me arrastraron hasta aquí, por eso vine. Y lo que hago, lo esencial, resoplo, diciéndome, con palabras como de humo, No puedo quedarme, no puedo irme, veamos qué ocurre. ¿Y como sensación? Dios mío, no puedo quejarme, es él, pero con sordina, como bajo la nieve, menos el calor, menos el sueño, las sigo bien, todas las voces, todas las partes, bastante bien, el frío me gana, también la humedad, en fin lo supongo, estoy lejos. Mis reumatismos, en todo caso, no pienso en ellos, no me hacen sufrir más que los de mi madre, cuando la hacían sufrir. Mirada paciente y fija, a flor de esta cabeza huraña de buitre, mirada fiel, es su hora, quizá sea su hora. Estoy arriba y estoy aquí, tal como me veo, tendido, los ojos cerrados, la oreja pegada formando ventosa contra la turba que chupa, estamos de acuerdo, todos de acuerdo, en el fondo, desde siempre, nos queremos, nos lamentamos, pero ay, nada podemos. Lo que es seguro es que dentro de una hora será demasiado tarde, dentro de media hora será de noche, y aun, no es seguro, entonces qué, qué es lo que no es seguro, absolutamente seguro, que la noche impide cuanto permite el día, a quienes saben apañárselas, a quienes quieren apañárselas, y pueden, aún pueden intentarlo. La niebla se disipará, lo sé, por mucho que uno esté desprevenido, el viento refrescará, al caer la noche, y el cielo nocturno cubrirá la montaña, con sus luminarias, entre ellas los carros, que me guiarán, una vez más, guiarán mis pasos, esperemos la noche. Todo se confunde, los tiempos se confunden, antes sólo había estado, ahora estoy siempre, dentro de unos instantes aún no estaré, penando a media ladera, o entre los helechos que rodean el bosque, los alerces, no intento comprender, nunca más intentaré comprender, como suele decirse, de momento estoy aquí, desde siempre, para siempre, ya no temeré a las palabras importantes, no son importantes. No recuerdo haber venido, nunca podré irme, mi pequeño mundo, tengo los ojos cerrados y siento en la mejilla el humus áspero y húmedo, mi sombrero ha caído, no ha caído lejos o el viento se lo ha llevado lejos. Lo apreciaba mucho. Unas veces es el mar, otras la montaña, a menudo ha sido el bosque, la ciudad, también la planicie, también probé en la planicie, me he dejado por muerto en todos los rincones, de hambre, de vejez, acabado, ahogado, y después sin razón, muchas veces sin razón, por hastío, eso reanima, un último suspiro, y entonces los aposentos, de mi hermosa muerte, en la cama, viniéndose abajo con mis penates, y siempre refunfuñando, las mismas frases, las mismas historias, las mismas preguntas y respuestas, ingenuo, basta, al límite de mi mundo de ignorantes, jamás una imprecación, no tan tonto, o quizá no recuerde. Sí, hasta el final, en voz baja, meciéndome, haciéndome compañía y siempre atento, atento a las viejas historias, como cuando mi padre, sentándome en sus rodillas, me leía la de Joe Breem, o Breen, hijo de un farero noche tras noche, durante todo el invierno. Era un cuento: un cuento para niños, transcurría en un peñón, en medio de la tempestad, la madre había muerto y las gaviotas se amontonaban junto al faro, Joe se tiró al agua, es cuanto recuerdo, un cuchillo entre los dientes, hizo lo que tenía que hacer y regresó, es cuanto recuerdo esta noche, terminaba bien, empezaba mal y terminaba bien, todas las noches, una comedia, para niños. Sí, he sido mi padre y he sido mi hijo, me he planteado preguntas y las he contestado lo mejor que pude, me he hecho repetir, noche tras noche, la misma historia, que me sabía de memoria sin poder creerla, o caminábamos, cogidos de la mano, mudos, sumergidos en nuestros mundos, cada uno en sus mundos, con las manos olvidadas, una en la otra. Así he resistido, hasta el presente. Y aún esta noche parece que todo marcha bien, estoy en mis brazos, me tengo en mis brazos, sin mucha ternura, pero fielmente, fielmente. Durmamos, como bajo aquella lejana lámpara, confundidos, por haber hablado tanto, escuchado tanto, penado tanto, jugado tanto.



"Relatos" - Samuel Beckett

Samuel Beckett


Nació en Dublín en 1906. Tras cursar estudios en la Portora Royal School y el Trinity College de su ciudad natal, fue nombrado profesor de la École Normale Supérieure de París. En esta ciudad conoció a James Joyce, de quien se convirtió muy pronto en amigo íntimo y confidente. Participó activamente en la Resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial, desdeñando su neutralidad de ciudadano irlandés y, a partir de 1945, se instaló definitivamente en Francia, donde escribió toda su obra indistintamente en inglés o francés. En 1969 recibió el Premio Nobel de Literatura; eso no turbó la vida retirada que llevó hasta su muerte, acaecida en París en 1989. Tusquets Editores ha publicado de él, además de Esperando a Godot (Fábula 26), sus obras Film (Fábula 166), Detritus, Fin de partida, Pavesas, y Eleutheria, su primera obra de teatro (Marginales 60, 88, 97 y 148). Asimismo se han reunido en un solo volumen sus textos narrativos dispersos, Relatos (Marginales 159, ahora también en la colección Fábula).



(En próximos posteos algunos de los relatos de "Relatos")

miércoles, 13 de abril de 2011

"¡No me admiró tu olvido! Aunque de un día
me admiró tu cariño mucho más,
porque lo que hay en mí que vale algo,
eso... ni lo pudiste sospechar".
Gustavo Adolfo Bécquer